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Poderosa mujer, hermosa como la sensación que recorre mi cuerpo al verla, cristalina, pura, sencilla, perfecta... –Decía él, mientras a su vez se preguntaba si algún día esa mujer, la que rondaba en su cabeza, seria suya. Los días pasaban, y ella en su cabeza aun habitaba, no era amor. No, ese mito en él no funcionaba, él inteligentemente ya no creía en el amor; sabía que en todo amor hay dolor, y no quería sufrir. Por eso idealizaba que ella sólo era dueña de sus pensamientos, sentimientos, de todo lo que dentro de él existía; era su dueña, pero él no la amaba. Esclavo de su mirada, enloquecía por ella, era su sonrisa, la sonrisa de su dueña, quien todo lo podía. Él daba todo por verla sonreír, él daba todo… Ella, quien sólo habitaba en sus sueños. De ahí provenía, era un sueño, nada más que un bello sueño. Tanta perfección nunca podría ser real, y él lo sabía, aun así, la dueña de su vida, nunca se iría de él, porque era suya, y nada más que suya, literalmente, esa hermosa dama era la mujer de sus sueños…
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